Por Rosa C. Báez
La pulcra imagen de mujeres vestidas de blanclo, caminando por las calles de nuestra Isla grande y llevando como estandarte una flor, ha recorrido el mundo para refrendar este montaje que se cae por su propio peso: “Haría falta tener un gran poder de abstracción, o de cinismo, para asegurar que el negocio mercenario de las llamadas Damas de dar paseítos dominicales tiene algo que ver con promover la democracia, sobre todo si se tiene en cuenta de que ese empleo lo sufraga una potencia extranjera”, nos comenta en su blog el colega Lagarde.












